Resumen de orden

21

Oct

Premios Asgapa a la escritura crítica - Texto de Fernando Colmán

En este espacio queremos compartir textos premiados y destacados por ASGAPA a las voces emergentes para la critica del arte.

Presentamos los textos destacados sobre la muestra Kairos de Osvaldo Salerno, presentada en Galería Matices bajo la curaduria de Alban Martinez Gueyraud. 

Kairós: Notas sobre el desarme de un poliedro

Por Fernando Colmán

Por cuántas caras difundes, poliedro,
la suave melancolía que te envuelve.
Con cuántas aristas cortas 
las miradas que quieren estudiarte. 
Por cuáles grietas se escapa 
tu tranquilo tiempo 
[…] 
Quién conoce tus dorsos 
Qué rigurosa deformidad escondes 
o quieres revelar y es imposible

Poliedro de la melancolía, fragmento, Joaquín Morales. 1985.


Ingresar a la muestra Kairós, obras recientes de Osvaldo Salerno bajo la curaduría de Albán Martínez Gueyraud, es adentrarse a observar distintos elementos cuya ambigüedad y cualidad punzante se podrían adaptar a nuestro tiempo e incertidumbre. Podemos iniciar el recorrido con la obra llamada Velvet II (2020), hecha con un libro que luce ceremonioso por sus elementos y decoración, fabricado en algún tiempo remoto. En el mismo se ven dos cavidades, dentro de las que se puede notar la textura de pelos humanos. Allí alguna vez hubo retratos y miradas que en toda esta muestra no se pueden encontrar.

El pelo humano como elemento simbólico tiene una connotación amplia, algo se arrancó y nos dejó solo lo fastuoso del marco, este elemento capilar se fuga también en otras representaciones gráficas, como el mechón perdido de Kairós. Puede ser visto en el papel, como en Nuevo nacimiento de la melancolía (2018), en obras donde se ven fragmentos de cuerpos, y actúa como rúbrica, esta serie que se hace notar ya en la sección Mano, y rodea la muestra. 

La obra Sudario (2020) que forma parte de esta seriedialoga con el texto Mudanza (2010) de Verónica Gerber, en el cual ella en un punto analiza el origen de su nombre, lo desarma hasta encontrarse con una descripción coloquial: “Verónica, la verdad del ícono”, la primera fotografía del rostro del hijo de Dios, según ella lo afirma, es el sudario de Cristo1. Esta serie de representaciones sirven como autorretratos, como fotografías del gesto humano. 

En este punto inicial de la muestra se nota que estamos ubicados en lo occidental, la imagen de este polo del mundo con su carga histórica, en gran parte católica. Al respecto, podemos coincidir con esa idea de que no estamos con las imágenes, ni con las obras, por más que vivamos asediados de información visual y nunca antes se han impuesto tanto las imágenes como en nuestro tiempo. Como lo afirma el artista visual, curador y docente venezolano Marcel del Castillo (2021), cuando comenta las ideas de Georges Didi-Hubemann en Cuando las imágenes tocan lo real, vivimos dentro de ellas, y en este caso somos parte de las obras en sí, al tomar estos elementos de nuestro propio imaginario. Al igual que ingresar a Kairós es darse cuenta de que los elementos que están ahí alterados son propios, podemos vernos en ellos. 

Muchas de las obras que se exponen en esta selección fueron hechas en los años 2020 y 2021. Por ende, corresponde a una producción reciente. Estos años que, según el investigador chileno Jorge Sepúlveda (2021), jamás hubiéramos imaginado atravesar. El futuro que esperábamos ya no existe. Y en el que nunca la ausencia se ha escurrido de una manera tan abrupta. 

Un fragmento poético de Hugo Mujica dice que “siempre se palpa un adiós en cada cuerpo abrazado” (Bienal de Performance, 2015). El cuerpo está presente en varias obras de esta muestra, en algunos casos como calco o matriz, presionando la fibra vegetal del papel. La ausencia se vuelve objeto símbolo. 

Tenemos esa imposibilidad, los elementos nos hablan de un tiempo aplazado. Las intenciones del gesto son absurdas y están dispuestas en las manos, no en la mirada. El sentido visual dominante que delimita la propiedad, que puede leer la ley y aplicarla, que engorda al ganado, que vuelve de un solo color el horizonte, acá no tiene mucha importancia. 

Las miradas aquí no se encuentran —insisto—, sí los gestos; los únicos ojos presentes son los del espectador, algunos detalles mínimos y las cámaras de seguridad. Aparecen ojos al final del recorrido: uno al final del recorrido y otros más dentro de un espejo, son los propios ojos, en un juego casi perverso y lúdico en la curaduría. En un mueble hay figuras de distintas manos de las que solo queda una expresión de algo que no va a ocurrir nunca. La obra Las palabras (2020) dispone dos grandes cavidades que reflejan el despojo: ese pelo arrancado de una piel, de un pliego, que nos deja desnudos, deforestados, habitando el absurdo. 

Y la muestra transcurre y pueden verse pies cortados de un artista cercano en una vitrina, varios fragmentos dialogan con la amistad, con otras partes de cuerpos que se pueden notar en toda la muestra, como un recorrido forense. 

Continúa así la línea de Kairós con una obra: Espejos (2020) que repite las cavidades, la cosa que perece, pero aún no lo vemos. Algo que se sale de nuestra capacidad de poder aprehenderla. 

  • En el recorrido circular, la muestra nos acerca al punto central de lo que podría ser el origen de ese despojo del principio. La complejidad del tiempo de Aión. Nos acerca quizás a la condición de una figura masculina, como la de Alberto Durero, en una obra hecha desde lugares de enunciación también masculinos. En El libro de Madera de Nuremberg (2020), una figura observa un poliedro. El artista Osvaldo Salerno, altera esa forma, introduce casi una protesta, casi un gesto político, como si arrojara flechas a la luna. La burla o la risa como elemento subversivo, como agente desencadenante de las muertes que suceden en la turbulenta trama de libros prohibidos de El Nombre de la Rosa de Umberto Eco. De acuerdo con lo mencionado por la investigadora y académica Annunziata Rossi: “La risa subversiva en el texto de Umberto Eco, capaz de vencer y derrumbar el orden limitado, clasista, que no tiene correspondencia en el universo y por tanto contra-natura” (Rossi, 2018), a partir de lo que puede considerarse como un elemento presente en la obra de Osvaldo Salerno.

En esta sección y en Melancolía III (2020) el origen de la angustia es burlado, se pliega y repliega. La alteración en Melancolía II (2020) crea un dorso, transcribiendo en líneas con el gesto manual. En una serie de escaparates conceptuales introduce un avión y otros elementos colgantes, que refuerzan la idea de burlarse de lo inevitable. Hacia eso que Josefina Plá, desde la entrevista que le hiciera Adriana Almada para La cocina de las sombras, decía que es un decreto, que solo se puede contestar con arte (2015). 

En el punto central está la sección de Aión, y uno se da cuenta que está girando en torno a algo. Se notan otros elementos en el centro, una balanza de un joyero que en algún momento puso medida a la vanidad y el busto de un rostro, que nombra a la muerte, al ser de una persona viva, según palabras de su propio autor. 

Estamos girando en torno a la muerte. Pisando la frontera. El tiempo de Kronos. Girando en la órbita de Aión, de la muerte y de lo inexplicable. Ya cerca del final existen gestos de osadía, se toman libros antiguos, se cortan y replican cuchillos de personas privadas de su libertad dispersos en distintos escaparates. Hay un arma fálica que fue parte de un acto de suicidio. Los kysé, desarmados, rodeados de hilos, ceras e incrustaciones, parecieran burlar toda posible agudeza, liberándolos de utilidad. 

En el punto del Amor, el escaparate interno está lleno de situaciones arquetípicas, el amor romántico, explicitado quizás en su decadencia, con alfileres que apuntan a la carne de la grafía. Y uno externo, con los ojos y bocas abruptamente cosidos, que dependen de una conexión eléctrica, el sentido visual y la expresión oral en este caso están también negados en toda su literalidad. 

Finalmente, una alfombra hogareña nos invita a ubicarnos frente al texto curatorial y ante la obra La mirada del dios (2021). Hay un espejo que pareciera hacer al espectador uno de esos retratos invisibles del fotógrafo y filósofo ciego Eugene Bavcar. Un retrato de lo que perece. Una imagen que no controlamos, parados frente a un cuerpo de obras que respiran en torno a nosotros y nos observa. 

Mantente informado de nuevas obras

Muchas gracias por confiar en nosotros

made in EBIZ