LA MEMORIA DE LOS ÁRBOLES - Félix Toranzos
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La Memoria de los Árboles:
arquitecturas del vínculo humano
Los árboles son el esfuerzo infinito de la tierra por hablar al cielo que escucha.
Rabindranath Tagore.
El destino de los hombres es como el de los árboles: unos dan sombra, otros necesitan de ella.
Friedrich Nietzsche.
El árbol no es un método. Es una imagen, un calco que se opone al rizoma... pero el rizoma también puede brotar del árbol.
Gilles Deleuze & Félix Guattari.
En la cosmogonía de Félix Toranzos (Asunción, 1962), el árbol trasciende su condición botánica para erigirse como un dispositivo fundamental de la memoria. Bajo el título La memoria de los árboles —presentada en la Galería Matices para la Noche de las Galerías 2026—, esta muestra se despliega como un ensayo visual sobre la interconectividad y la esencia de lo vivo.
Toranzos desvía sutilmente nuestra mirada de la copa —aquello que resulta evidente y ornamental— para dirigirla hacia la elocuencia de las ramas, los tallos, el tronco y la raíz. A través de estas siluetas estilizadas, el artista subraya que la supervivencia, tanto del ecosistema natural como de la memoria histórica, reside en aquello que suele permanecer invisible a la mirada superficial. Al jerarquizar la estructura sobre el follaje, la obra nos invita a reconocer que la verdadera fortaleza de lo recordado late en la red subterránea y en el esqueleto que sostiene la historia. La exposición se convierte así en una reivindicación del tejido vital, interpretada desde un lenguaje plástico que equilibra la precisión técnica del arquitecto con la sensibilidad profundamente humanista del dibujante y pintor.
El cuerpo de la muestra se articula en tres núcleos definidos por sus materialidades y soportes, cuyos formatos oscilan dinámicamente entre la intimidad del pequeño gesto y la contundencia de las grandes dimensiones; así, la propuesta transita desde un primer conjunto de témperas sobre cartón entelado en pequeño formato, pasa por una segunda serie de dibujos recientes a tinta sobre papel trabajados en gran formato, y concluye en un tercer grupo de piezas de técnica mixta y grafito sobre tela y papel, desplegadas en medianas y grandes dimensiones.
Por un lado, sus exploraciones con témpera sobre cartón entelado revelan una notable riqueza matérica de sutiles matices. En estas obras, el color no solo describe la forma, sino que evoca la densidad de lo orgánico mediante superposiciones cromáticas que remiten a la fragilidad y, al mismo tiempo, a la resiliencia de la naturaleza frente al devenir.
Por otra parte, en sus impresionantes dibujos a tinta, Toranzos emplea una estilización gráfica donde múltiples líneas —sinuosas y sugerentes— se entrelazan a modo de sinapsis, activando puentes que posibilitan la comunicación y el flujo. Estas piezas operan como mapas o planos arquitectónicos donde el árbol se erige en el nexo estructural definitivo entre el cielo y la tierra.
Seguidamente, el vínculo con la “llamada de los árboles” —o la “red social” del bosque— y con lo ancestral se profundiza en las piezas de grafito y técnica mixta, verdaderos pilares de la sala. Resulta fascinante detenerse ante las piezas abstractas en técnica mixta: bañadas en una paleta de tonos terrosos, franjas traslúcidas y pigmentos pastel, las obras evocan, desde la síntesis formal, el diálogo silencioso de los árboles. La composición alude a esa comunicación invisible que late más allá de la mirada, fluyendo entre el aliento del aire y el secreto de la tierra. Aquí, el árbol se despoja de su contorno individual y se disuelve en la abstracción para revelarse, precisamente, como parte de una red compleja: un ecosistema de solidaridad orgánica donde la forma pura deviene en la urdimbre de una comunidad que se sostiene a sí misma.
Destaca, además, por su carga simbólica, especialmente una obra en grafito sobre lienzo que ofrece un encuadre íntimo de los tallos y frutos del yvapurũ. Al rescatar este árbol nativo —como otros ejemplos retratados—, Toranzos ancla su poética en el territorio paraguayo, transformando lo local en un símbolo universal de sustento.
Toda esta producción se nutre de un diálogo persistente con la historia del arte y la arquitectura, territorios que Toranzos revisita en busca de raíces comunes. En su obra resuena la herencia de Piet Mondrian y su pulsión por desnudar la estructura esencial, transitando la senda entre el vibrante El árbol rojo (1909-1910) y la síntesis de El árbol gris (1911). Emerge también la estela de Gustav Klimt, cuya carga simbólica transforma las ramificaciones en un flujo vital perpetuo, evocando la exuberancia de su célebre Árbol de la Vida (1909). Igualmente, la muestra —en especial a través de sus piezas cromáticas— se impregna de la atmósfera mística de Odilon Redon, donde la naturaleza cobra una conciencia enigmática, tal como se manifiesta en la belleza onírica de Árboles sobre un fondo amarillo (ca. 1901).
Esta genealogía de la forma encuentra un eco contemporáneo en la arquitectura de Toyo Ito, específicamente en el edificio Tod’s Omotesando (2002-2004) de Tokio. Allí, una red de hormigón imita las siluetas entrelazadas de los árboles de zelkova, convirtiendo el dibujo de las ramas en el sostén mismo de la estructura. Toranzos propone una simbiosis similar: en sus trazos, la silueta del árbol deja de ser un ornamento para transformarse en una "piel" estructural; una arquitectura del dibujo donde la línea ramificada es, simultáneamente, sostén, protección y memoria.
En última instancia, la propuesta de Toranzos nos advierte que los árboles son los pilares invisibles de nuestra existencia. Así como ellos regulan los ciclos vitales y purifican el aire, esta obra busca purificar nuestra mirada, obligándonos a reconocernos como parte de un mismo entramado. La memoria de los árboles se consolida como el testimonio de que la vida no es un método fijo, sino un mapa sinuoso: somos ramas de un mismo tronco, pero también el rizoma impredecible que brota de él, sostenidos por raíces que, aunque ocultas, guardan la historia de todo lo que fuimos y el oxígeno de todo lo que seremos.
Alban Martínez Gueyraud
Asunción, mayo de 2026.